Lo que el vínculo materno sigue moviendo en nuestra vida adulta

Lealtades invisibles, heridas emocionales y el camino de regreso hacia nosotras mismas

Muchas veces creemos que nuestros patrones de agotamiento, codependencia o sobre exigencia son ‘nuestra personalidad’, cuando en realidad pueden estar profundamente ligados a cómo fue y es nuestro vínculo materno.

Recientemente facilité un encuentro virtual para abordar el tema, recién había pasado el día de la madre y el cumpleaños de mi hija menor cuando escuché por primera vez a Verónica Correa en una masterclass que me super inspiró. Ella en algún momento mencionó que tenía mucho que aportar sobre el tema por su propia historia y eso me hizo mucho sentido, al final pude sentir claramente que yo también tengo mi propia experiencia vivida y sentida, y que puedo sumarme a ese río de sanación que va siempre hacia adelante.

Mayo suele ser un mes donde mi parte maternal está muy activa y entro en conflicto por las altas expectativas que me pongo para dar gusto y complacer al prójimo en vez de atender mis propios deseos.

Identificar, sentir y lograr ese fino balance entre mis necesidades y las de quienes me rodean ha sido todo un tema en mi vida y no es casualidad que ese enredo y desbalance entre maternarse a una misma o a uno mismo y maternar a lxs demás es una de las dinámicas que se presentan cuando el vínculo materno está desacomodado.

En el sistema familiar aprendemos la seguridad o inseguridad emocional, la manera para afrontar o evadir conflictos, el cómo nos vinculamos con otras personas o nos apartamos y la capacidad de afrontar desafíos e ir por nuestros sueños.

La influencia de la madre en nuestra vida adulta

El vínculo con la madre fue nuestro primer contacto con la vida. Si la relación con ella está dañada o sentimos un gran distanciamiento emocional, muy probablemente lo notaremos experimentando y repitiendo patrones de vínculos difíciles, insatisfactorios o muy dolorosos.

Desde las constelaciones familiares, la madre representa la capacidad de recibir, de confiar, de sentir pertenencia, de abrirnos al amor, a la abundancia y al sostén. La forma en que nos vinculamos con ella suele influir profundamente en cómo aprendemos a relacionarnos con el amor, el trabajo, el dinero, el descanso, los límites y también, con nosotras mismas.

Desde otra mirada, la autora Kelly McDaniel habla sobre el “hambre de madre” para nombrar las necesidades emocionales profundas que no fueron satisfechas en la primera infancia y los efectos que pueden surgir en la vida adulta por esa ausencia. Específicamente habla de la nutrición emocional, protección y guía, y de cómo su carencia se refleja en síntomas de ansiedad relacional, desórdenes alimenticios, hiperindependencia, miedo al abandono, necesidad de aprobación, dificultad para recibir y codependencia, principalmente.

Y, con todo esto, qué hacer cuando nos identificamos con esos síntomas y sentimos en lo profundo que necesitamos reparar o sanar el vínculo materno? En primer lugar hay que abrirnos a explorar y a reconocer nuestra verdad y nuestra historia tal cual fue. En segundo lugar, hacernos esas preguntas clave que nos dejarán ver cuál de las órdenes sistémicas no está en su lugar: jerarquía, pertenencia o equilibrio entre dar y recibir. Y en tercer lugar, identificar algo crucial: las lealtades invisibles.

Lealtades invisibles: ¿quién sería yo sin ellas?

A veces, sin darnos cuenta, permanecemos leales al dolor, limitaciones o historias de nuestras madres limitándonos, sosteniendo demasiado o sintiendo culpa cuando intentamos ir más lejos, descansar o recibir más de la vida.

Algunas preguntas que pueden ayudarnos a mirar estas dinámicas son:

  • ¿Qué parte de la historia de mi madre siento que sigo cargando emocionalmente?

  • ¿Qué emociones aprendí a sostener para que ella no tuviera que hacerlo sola?

  • ¿En qué áreas de mi vida me cuesta permitirme más de lo que ella pudo tener?

  • ¿Siento culpa cuando descanso, disfruto, recibo o avanzo?

  • ¿Me descubro sosteniendo demasiado en mis relaciones?

  • ¿Qué parte de mí aprendió que amar es sacrificarse?

  • ¿Qué necesidades propias aprendí a ocultar para no incomodar?

  • ¿Qué intento compensar o reparar a través de mis vínculos?

  • ¿Qué tendría que aceptar si dejara de cargar con lo que no me corresponde?

  • ¿Qué es lo que más me duele de su historia o su destino?

  • ¿Qué es aquello que juré que no quería repetir?

  • Y la pregunta que nos ayudará a ir hacia adelante: ¿quién sería yo y cómo sería mi vida sin estas lealtades?

Una vez detectadas algunas de nuestras lealtades, pueden ayudarnos los siguientes movimientos:

  • Reconocer y honrar su historia: Mirar sus heridas, limitaciones, ausencias o dolores sin convertirnos en responsables de resolverlo, mirar su fuerza para llevar su destino con dignidad.

  • Recuperar el lugar de hija/e/o: Dejar el lugar de salvadora, mediadora, sostén emocional o compensación del sistema familiar.

  • Aprender a recibir: Muchas heridas maternas afectan profundamente nuestra capacidad de recibir amor, ayuda, descanso, placer, dinero o cuidado. Las prácticas de mindfulness o presencia activa nos ayudan a notar dónde seguimos cerrándonos a la vida.

  • Escuchar el cuerpo: El cuerpo expresa lo que las lealtades no nombran, y lo hace a través de la hipervigilancia, agotamiento, ansiedad, desconexión, sobreadaptación.

  • Crear nuevas experiencias relacionales: Los espacios colectivos seguros, la presencia consciente y los vínculos autenticos tienen un enorme potencial reparador.

  • Y la más elemental… aprender a maternar(nos):

    • darnos descanso

    • poner límites

    • pedir apoyo

    • dejar de criticarnos

    • abrirnos a recibir

    • proteger nuestra energía

    • fortalecer nuestra guía interna

Sanar la relación con la madre implica mirarla tal como es, tomar y agradecer con el corazón lo que sí hubo, honrar su destino y liberarnos de todo lo que no nos pertenece. Y desde ese lugar, es que dejamos de mirarla a ella y centramos nuestra energía en nuestra propia vida, nuestros sueños y anhelos del alma.

Muchas veces, cuando faltó una guía emocional segura, crecemos dudando profundamente de nosotras mismas, buscando validación externa, dejándonos confundir y sintiendo miedo de tomar decisiones importantes, luego entonces soltamos las riendas de nuestro propio camino y se las dejamos al viento mismo.

Y esto puede ser o no visible al exterior, sé que habemos muchas allá afuera que parecemos seguras, estables y muy funcionales, cuando nuestra realidad interna mantiene una inseguridad constante, desgastante y aniquilante.

Si quieres hacer trabajo profundo y ser parte de un grupo de práctica-aprendizaje para nutrirnos física, emocional y espiritualmente, así como para protegernos y desarrollar nuestra guia interna, te invito a anotarte aquí .


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